Une vie manifeste

 

En las páginas de la revista francesa Positif aparecieron, a comienzos de los años sesenta, los textos cinematográficos de una joven crítica llamada Michèle Firk. Frente al entusiasmo que la Nouvelle Vague manifestaba hacia la muerte del ‘cinéma de papa‘, Firk respondió con ironía afirmando que aquel relevo no había hecho más que sustituirlo por un ‘cine de hijos de papá’. Sin embargo, sus escritos fueron mucho más que una simple toma de posición crítica. En textos dedicados a películas como Hiroshima, mon amour (1959), de Alain Resnais o Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, Michèle Firk desarrolló una mirada singularmente lúcida sobre la representación de la mujer, las relaciones de poder y las contradicciones ideológicas presentes en el cine moderno. Con el paso del tiempo, su figura quedó relegada a una nota a pie de página de la historia de la crítica francesa. No obstante, Michèle Firk fue mucho más que una crítica olvidada. Quiso convertirse en cineasta e ingresó en el IDHEC (Institut des Hautes Études Cinématographiques) de París, donde descubrió rápidamente los límites impuestos a las mujeres dentro de la industria. La formación femenina quedaba orientada casi exclusivamente hacia tareas de montaje o de script. Más tarde pasó por la Escuela Oficial de Cine de Madrid y comprendió que el cine español de la época no podía reducirse únicamente al aparato franquista, sino que en su interior comenzaban a surgir voces capaces de cuestionar el régimen desde dentro.

La política fue inseparable de su relación con el cine y con la vida. Durante la guerra de Argelia organizó proyecciones militantes en el cineclub Action de París y colaboró clandestinamente con el FLN argelino. Más adelante viajó a Cuba y vivió de cerca la euforia revolucionaria posterior a la victoria castrista. La radicalización de su compromiso la llevó después a Guatemala, donde participó activamente en la lucha revolucionaria y en los movimientos anticoloniales latinoamericanos. Como tantos intelectuales de aquella generación, Michèle Firk creyó que la revolución podía transformar el mundo y vio en la figura del Che Guevara la posibilidad de extender una esperanza emancipadora por América Latina.

Jean-Gabriel Périot, autor de películas como Regreso a Reims (2021) o Une jeunesse allemande (2015), se ha convertido en una de las figuras fundamentales del cine contemporáneo construido a partir de imágenes de archivo. Su trabajo busca constantemente reactivar la memoria política y establecer nuevas dialécticas entre las imágenes, la historia y el presente. En Une vie manifeste, Périot no se limita a reconstruir la biografía de Michèle Firk que acabaría suicidándose en Guatemala en 1968, a los treinta y un años, para evitar ser capturada por la policía, sino que convierte su trayectoria en el espejo de toda una época atravesada por las utopías revolucionarias, las luchas anticoloniales y la fe en la transformación política. La película funciona, así como un extraordinario ejercicio de resurrección histórica. A través de cartas, textos, fotografías y materiales de archivo, Périot devuelve voz y presencia a una mujer borrada por la historia oficial. Pero, al mismo tiempo, el film reconstruye el clima político y emocional de aquellos años en los que, como escribió Chris Marker, “el fondo del aire era rojo”.

 

Àngel Quintana
Caimán CdC
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